UNA PEQUEÑA APORTACIÓN DESDE MI HUMILDE EXPERIENCIA, SOBRE COMO SE PUEDEN INTENTAR SOLUCIONAR LOS PEQUEÑOS PROBLEMAS DIARIOS QUE SE PRODUCEN EN LAS ESCUELAS.
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miércoles, 11 de enero de 2017

Midamos nuestras posibilidades "innovadoras" o moriremos de éxito.

Tener una idea, una buena idea a nivel didáctico y metodológico, y llevarla a cabo dentro del colegio es relativamente fácil. Supone abrir un paréntesis en tu rutina diaria y aplicarla. Normalmente, como se sale de lo habitual, aparenta un descanso en la actividad de los alumnos, que al disfrutar de un cambio, se motivan y tienen interés por participar. Todo suele ser positivo. Si además eres capaz de darle un matiz vistoso, vas a tener el beneplácito de los compañeros/as, y el grupo de wassap de los maestros del centro se va a llenar de felicitaciones más o menos empalagosas. Tu ego se va a ver reforzado y va a ser un acicate en tu quehacer diario más inmediato.
El problema empieza cuando la actividad funciona y se prolonga. Hay que buscarle un hueco en la estructura programada, si eres demasiado rígido en la planificación y la programación, tienes que desechar otras tareas, y si estás atado a la que propone la editorial a través del libro de texto, el problema se agranda.
De todas formas no es lo más problemático, la dificultad real surge cuando hemos innovado en una actividad que es general para el centro y sobreexcede al ámbito de nuestra aula. Al principio, como he dicho antes, todo es muy bonito, y aquí, al ser la actividad de dominio público, las loas que se generan entre los docentes vienen aumentadas exponencialmente. El innovador/a se siente en la cumbre profesional y es capaz de arrear con cualquier cosa, no hay nada que se le ponga por delante, pero el tiempo va pasando, la idea innovadora cumple los objetivos y obtiene buenos resultados, pero pierde su carácter innovador y se convierte en una rutina más de las que se programan en el colegio. Ya no hay loas ni parabienes, incluso a veces, hay alguna que otra demanda si dichos resultados no han sido perfectos o si has perdido algo de la vistosidad que tenía al principio, si deja de parecer "cool". La motivación a partir de aquí no es sencilla, puesto que si como he comentado antes, es una actividad que atañe a todo el centro, suele ser un trabajo adicional que se añade a tus responsabilidades diarias. Ya te pesa mucho más, y lo normal, es que poco a poco, se vaya diluyendo si no hay un responsable del equipo directivo que tire de ese carro; esfuerzo que en este caso, está mucho menos valorado por parte del claustro, que aquí exige como si fuera obligación del maestro/a que está ocupando ese cargo.
 La desmotivación aumenta si otro compañero/a pone en marcha otra buena idea que acapara las felicitaciones y las lisonjas profesionales del resto de docentes. Ya no solo no te sientes valorado, sino que observas con algo de envidia profesional como las alabanzas van hacia otra persona, la desmotivación llama a tu puerta, y a veces, lo que se hace es buscar otra idea para llevar a efecto y no perder nuestro cartel de "maestro innovador". Consecuencia, si la tarea es buena, suele recaer en el equipo directivo,  o se pierde en el sueño de los justos. Pero claro, si se mantiene, hay que sumarla a las que se van proponiendo y cada vez es más complicado llevarlas todas adelante. Yo lo comparo con los platos chinos, mantener rodando tres a la vez no es complicado, se lleva bien, pero cuando son veinte, debes correr de uno a otro, o poco a poco van acabando en el suelo. Ese es el gran problema de los equipo directivos de centros con demasiada voluntad de "innovación", Deben saber poner coto a las ideas propuestas o pedir una voluntad de mantenimiento de la actividad por parte del docente que la propone, o el centro se convierte en un local con muchos platos rotos por el suelo, que  además deslucen a los que siguen rodando.
El excesivo número de programas, que hacen inabarcable una buena gestión de todos, conlleva  una mala práctica. Los centros deben saber escoger los programas que van a ser capaces de llevar a cabo y centrarse en ellos para intentar una buena ejecución real de los mismos. No vale con realizarlos por encima para cubrir las apariencias. Pueden engañar a la comunidad educativa en un primer momento, pero más tarde o más temprano se ve que es un castillo de naipes, y de ahí a la desmotivación general hay un paso muy pequeño. Lo que ha llevado mucho esfuerzo  para construirse, se viene abajo con demasiada rapidez.

Si no somos sensatos podemos vernos prisioneros de nuestras propias iniciativas. Así que hay que ser muy conscientes de lo que somos capaces de abarcar y saber decir no. Solo podremos hacerlo desde una buena evaluación, que una vez más, es la clave de todo proceso educativo. 
En resumen, si no analizamos bien la situación real del centro, podremos morir de éxito.