A lo largo de mi carrera, me he encontrado con maestros, que siguen planteando la misma propuesta "innovadora" a veces desde los años ochenta, y no podemos olvidar que la sociedad en la que estamos actuando ha experimentado grandes cambios desde aquella época.
Antiguamente las novedades sociales y tecnológicas eran muy lentas, y la necesidad de evolución estaba mucho más limitada; pero actualmente esto ha dado un giro copernicano. La sociedad en la que vivía mi abuelo cuando estaba en edad escolar, no era muy diferente de la que vivía el suyo; pero la que viví yo no tiene nada que ver con la actual y, aunque ya peino canas, me queda bastante para poder jubilarme; o sea que ha pasado relativamente poco tiempo.
Yo he pasado de hablar por teléfono en una centralita cuando era pequeño, a disponer de un teléfono portátil provisto de una tecnología que no tenía el Apolo XIII cuando llegó a la luna. El ordenador que utilizó esta nave espacial para conseguir su propósito, está a años luz de los de ahora. Sin duda alguna, no podríamos considerarlo como una innovación tecnológica ahora mismo si tuviésemos que utilizarlo en la actualidad. Sin embargo, sí que consideramos como innovadoras, prácticas educativas que se llevan utilizando desde hace treinta años. No quiero decir que no sean buenas ni adecuadas, quiero decir que todas tienen que ser evaluadas y deben sufrir los cambios necesarios para adecuarse a la sociedad en la que viven los niños/as que estamos educando.

Así que INNOVACIÓN EDUCATIVA, no es tan solo utilizar técnicas que nos ayuden en el proceso y que no sean las habituales, es también aplicar a las mismas un proceso meta cognitivo que nos ayude a una evolución constante de las mismas; consiguiendo el máximo rendimiento para el esfuerzo aplicado. Debe ser un camino en el que el destino siempre se va alejando.
La administración debería ponerse manos a la obra para potenciar esta innovación, premiando las buenas prácticas; pero no de una forma puntual, que aunque parezca paradójico afianza un nuevo inmovilismo. Debe potenciar las innovaciones activas. Y a mí no se me ocurre una forma mejor, que no sea desde una evaluación de los docentes y del proceso, y no vale con algo anecdótico que sirva para salir del paso. Debe ser una evaluación constante profunda, eficaz y con consecuencias.
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